María Elena Salcedo tenía 53 años y en 2009 trataba de regularizar su situación en Mallorca.

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Se llamaba María Elena Salcedo, era una inmigrante sudamericana y tenía 53 años. Desapareció un 30 de noviembre de 2009 y su localización fue una prioridad para el Grupo de Homicidios de la Policía Nacional, que tenía la certeza de que no se trataba de una desaparición. El principal sospechoso fue un amigo de la víctima, que mantuvo una actitud extraña en los días siguientes. Y esos detalles nunca pasan desapercibidos para los investigadores. Esta es la crónica de un crimen espeluznante de una inmigrante que fue descuartizada y cuya cabeza nunca se recuperó.

La mujer trabajaba en un restaurante y vivía en un piso compartido de la calle Manuel Azaña. Era responsable y nunca faltaba a su puesto de trabajo. Por eso, cuando aquel 31 de noviembre no se presentó en el negocio el dueño intuyó que le había pasado algo. El 1 de diciembre, sus amigos de la Isla acudieron a la Jefatura de Policía e interpusieron una denuncia por la desaparición misteriosa de María Elena.

En la vivienda estaban todas sus pertenencias, su escaso dinero y -lo más importante- su documentación. No tenía ningún sentido que hubiera huido voluntariamente. Dicen que las desgracias nunca llegan solas y en el caso de María Elena así fue. Días después de su desaparición, su marido y su hija tuvieron un grave accidente de tráfico en La Paz, la capital boliviana.

El detenido, tras confesar el crimen y guiar a los policías al lugar donde enterró las partes, en sa Ràpita.

Luis Rodrigo Quisilema, un ecuatoriano que estaba en situación ilegal en Mallorca, de 43 años, se convirtió en el principal sospechoso. Los agentes averiguaron que se veía en ocasiones con la mujer boliviana y su teléfono fue pinchado, para escuchar sus comunicaciones. Poco a poco, los agentes fueron estrechando el cerco. Luis Rodrigo vivía en un piso patera de la calle Sant Rafael, en Son Gotleu, y el 30 de noviembre se había visto con la desaparecida, justo antes de que se esfumara para siempre.

Todas las alarmas se activaron cuando se averiguó que el sospechoso estaba tratando de vender su coche para comprar un billete y marcharse de Mallorca. Intuía que estaba en el punto de mira policial y sabía que tenía las horas contadas. En los primeros días de febrero, los efectivos del comisario Toni Cerdá, jefe de la Policía Judicial, precipitaron los acontecimientos y procedieron a su detención. También fueron arrestados cuatro amigos suyos, que le habían encubierto, pero aquellos quedaron en libertad.

Luis Rodrigo acabó confesando, aunque su versión de los hechos no cuadraba. Contó que habían quedado con unos amigos cerca de Campos y de camino tuvieron una pelea de pareja porque ella había llegado tarde a la cita. Se detuvieron en una finca próxima a sa Rápita y durante un forcejeo él la empujó y la mujer cayó de espaldas, golpeándose mortalmente la cabeza.

Luis Rodrigo Quisilema se tapa el rostro durante el juicio en el que fue condenado.

Su relato chirriaba por todas partes, especialmente cuando luego contó que, aprovechando que llevaba un hacha en el maletero del coche porque era albañil, decidió trocearla y enterrarla. La policía nunca creyó aquella versión y siempre sostuvo que el hombre, en un ataque de celos, decidió matarla y hacerla desaparecer. Que lo tenía todo planificado.

Tras su detención, colaboró con los investigadores y contó dónde había enterrado los restos del cuerpo. La cabeza no se encontró, porque según él la arrojó a un contenedor de basura. En realidad, todo apuntaba a que el rostro de la mujer podía aportar datos claves sobre su muerte y el asesino, consciente de esta circunstancia, decidió decapitarla y hacerla desaparecer para siempre. Lo consiguió.

Durante la búsqueda macabra de los restos se hallaron el tronco, las piernas y un brazo. Estaban semienterrados, cubiertos con piedras. El Grupo de Homicidios, con todo, concluyó que el crimen pudo ocurrir en el piso de él en Son Gotleu y que luego trasladó el cuerpo hasta sa Ràpita, para hacerlo desaparecer.

Dos años después se celebró el juicio en la Audiencia de Palma. El fiscal fue Tomeu Barceló y el abogado defensor de Luis Rodrigo, Carlos Portalo. Los 20 años iniciales de cárcel que tenían previsto pedirse para él se fueron diluyendo y al final el ecuatoriano fue condenado a diez, por homicidio. Su obsesión, durante las sesiones, fue que la prensa no fotografiara su rostro. En la actualidad ya está en libertad. La cabeza de su amiga María Elena nunca apareció.