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A pesar de los continuados esfuerzos de los poetas durante milenios, la verdad es que no tengo sensibilidad para las bellezas naturales. Árboles, montañas, flores, lagos, cielos estrellados y vastos desiertos de doradas dunas están bien, son gratos de ver, pero nada del otro mundo. No me provocan emociones inefables. No necesito viajar a lugares remotos para contemplar la salida del sol sobre acantilados de nombres desconocidos. El mismo sol sale cada día por la ventana de mi dormitorio, aunque en lugar de mares exóticos ilumine azoteas. La naturaleza la valoro mejor si alguien me la escribe bien; es decir, la palabra árbol me parece más bella que los árboles. Y tampoco es cierto que la belleza abunde en el mundo, y haya que saber verla. Para nada. Hasta tengo la impresión de que todo es cada vez más feo. Sin embargo, recuerdo que conservé durante años una hermosa botella de whisky gran reserva, tan atractiva como una Venus Calipigia. Bueno, quizá no tanto, pero casi. Y eso que ya me la había bebido y sólo quedaba un leve traguito.

Al final, me deshice de ella porque si contemplas cosas realmente hermosas, como ya sabían los filósofos griegos, luego te invade una melancolía irracional. Y si de joven es oportuno ponerse algo melancólico, confiere atractivo sexual y da impresión de inteligencia, de viejo en absoluto, de ninguna manera te la puedes permitir. Sería redundante, una ordinariez. Cuento este episodio de la botella (y la Venus Calipigia) porque he confirmado que en un mundo cada vez más feo, y digan lo que digan los poetas, los publicistas y los cursis, la belleza reside en los envases. Los recipientes, los estuches, las encuadernaciones, los envoltorios. Esto, que los poetas ignoran, lo intuye cualquier comerciante. El envase de la cosa es la cosa, y poco importa qué haya dentro. No se crean esa chorrada de la belleza interior. Comprendo que además de insensible a las bellezas de la naturaleza, ahora corro el riesgo de ser poco profundo. Vale, estupendo. Pero no hay nada más profundo que el envase. Qué otra cosa es la estética. Y si el mundo está hecho un asco, más feo que nunca, es por la creciente fealdad de los envases. En efecto, de plástico.